"El objetivo fundamental del Kajukenbo es hacernos sobrevivir a una agresión en la calle, el resto no tiene ninguna importancia"

martes, 7 de febrero de 2017

Las Guerras de Puños y Palos (Parte 2)

Artículo publicado en la revista Karate Bushido, Enero 1991
Autor: Sylvain Salvini
Traducción: César Gómez

Figura 1
 Si no conocemos muchos detalles sobre el entrenamiento de los combatientes, así como sobre las peripecias de los combates con palos y puños antes de los últimos siglos de la Edad Media, es por culpa de la rareza de los escritos “civiles” y el poco interés que tenían en estos temas los clérigos (ellos tenían la pluma) sobre estas actividades consideradas segundarias. Que veamos como origen de estos “juegos” una continuación del entrenamiento de las antiguas legiones es, me parece a mi, más que probable; incluso, el hecho de que se hayan mantenido en el pueblo veneciano hasta casi el fin de la República, es sin duda alguna a causa del sentimiento de libertad que animaba a estos ciudadanos. En los otros Estados, antes del fin de la Edad Media, vemos a un ejército cada vez más compuesto de soldados mercenarios, de “condotte” (con los riesgos que esto conlleva), quitándo así al pueblo la preocupación de la defensa, pero llevando sin duda al pueblo a un desinterés por las actividades o “juegos” con carácter guerrero (para desesperación de Maquiavelo…); lo que explicaría que estas practicas hayan subsistido y florecido únicamente en Venecia.
  Con toda certeza es a partir de estos afrontamientos populares que hay que ver el nacimiento (paralelamente a estas actividades) de los “torneos” de caballeros, hacia el siglo X, en el momento en el que los “miles” (los militares, los caballeros) se distinguían del pueblo para acercarse a la “nobleza”. La vulgarización de los “duelos”, o de las “melés”, con palos y escudos, y también sobre lo que decíamos anteriormente sobre el duelo de los Lombardos.

  Voltaire, con su inmensa erudición, probablemente se había dado cuenta de esto cuando escribía esto, en “les moeurs”, en el capítulo de los torneos:
“…Los juegos guerreros comenzaron a nacer en Italia durante los tiempos de Teodoro, que abolió los juegos de gladiadores en el siglo V, no prohibiéndolos con un edicto, sino reprochando a los romanos estas costumbres bárbaras, con el fin de que aprendieran de un Goth la humanidad y la amabilidad. Enseguida surgieron en Italia y sobretodo en el reino de Lombardia, los juegos militares, pequeños combates a los que se llamaba “bataillole”, cuyo uso aún se conserva en las ciudades de Venecia y Pisa. Rápidamente pasó a las otras naciones…”
  Precisemos que en este texto, los “romanos” eran todas las personas del Imperio romano, no germánicos, es decir: los italianos, griegos, hispánicos, etc… o “magrebíes” ! Que quede claro ! Cuando Voltaire hablaba de Pisa, pensaba en el “juego del puente” que se celebraba anualmente y que, originalmente del siglo XII, eran una especie de torneos populares sobre una plaza de la ciudad, pero que se habían trasladado desde la Edad Media sobre el puente que cruzaba el Arno. Consistía en que dos equipos  se batieran para empujar un carro desde un lado al otro del río, es decir, en el campo de una u otra facción…Este juego era un poco diferente de los combates venecianos, que eran parecidos y puede que tan frecuentes como nuestros combates de boxeo. El “juego del puente” de Pisa continua actualmente, es una actividad folclórica que se celebra en el mes de junio.

Figura 2
  Las guerras de puños y palos de Venecia, dicen la mayor parte de historiadores, se celebraban desde septiembre hasta Navidad, de hecho no era cierto más que durante el siglo XVII y principios del XVIII en referencia a las “guerras de puños” (a pesar de que durante ese mismo periodo hubo encuentros fuera de esos meses, por ejemplo el del 26 de febrero de 1687 (fig.3) sobre el que se compuso una canción a la gloria de los Nicolotti, vencedores ese día), ya que si nos fijamos bien en la crónicas que registran esos célebres encuentros, por la calidad de los asistentes o por los accidentes mortales que se produjeron en esas ocasiones, nos damos cuenta de que hubo, en siglos precedentes, en cualquier momento del año. Incluso en lo que concierne a los puentes utilizados, los hubo ocasionales, y alrededor de cinco o seis habituales cuyos nombres aparecen a menudo en los textos. Varios de ellos, debido a la frecuencia de los combates, fueron apodados “puente de la guerra” o “puente de los puños”; solamente dos conservaron esas denominaciones: el puente de Santa Fosca o “Ponte della Guerra” y el puente de San Barnabá o “Ponte dei Pugni”. Este último fue, de lejos, el más célebre porque se utilizó sin discontinuidad durante siglos (fig.1, grabado del siglo XVII: “Melé con los puños sobre el puente de San Barnabá”). Sobre este puente de piedra (ahora provisto de barandillas), cuya superficie superior forma un cuadrado de un poco menos de 4m de lado, aún pueden verse en los cuatro ángulos, encastrada en la calzada, una “huella” en mármol sobre la que el combatiente colocaba su pie adelantado, esperando la señal de inicio del combate (esto para los combates individuales y también por parejas, ya que los hubo en algunas ocasiones como en los combates de “Catch” actuales…pero sin “acuerdos previos”). La superficie de la que disponían los combatientes era suficiente (alrededor de 15 m2) y curiosamente semejante a la acordada en Japón a los Sumotori: por supuesto, no es más que una coincidencia.

  En cuanto a las “guerras con palos”, igual que para aquellas sin armas, los desafíos se hacían ceremonialmente igual que en los torneos. Se ponían de acuerdo sobre la elección de los “paregni” (los padrinos) que eran el equivalente de los jueces de armas en los torneos. Los padrinos se ponían de acuerdo sobre la fecha, la elección del puente, el respeto de algunas convenciones simples respecto a las armas. Se aseguraban de que el caudal de agua bajo el puente era suficiente para amortiguar las caídas; y en ocasiones hacían dragar el canal por ambos lados del puente.
  El día del combate, los equipos llegaban con banderas e insignias a la cabeza al sonido de tambores y flautas. Durante todo el tiempo del combate (que duraba todo el día) la música se tocaba junto a las aclamaciones de los animadores y del público, para animar así a los combatientes. La gente se apiñaba sobre los muelles, ocupaba todas las ventanas (bajo pago) de las casas vecinas y cubría igualmente los tejados; incluso el canal, todo lo lejos que llegaba la vista, estaba cubierto de góndolas, unas junto a otras, llenas de espectadores (fig.2, grabado de G. Franco del siglo XVI). Cuando las góndolas estaban demasiado cerca del puente, algunas personas que caían, se quedaban debajo y se ahogaban antes de ser repescadas; de vez en cuando esto se menciona en los escritos. En cuanto a la gente y a los combatientes, la excitación por estos encuentros era tan grande que aparte de las lesiones; brazos o piernas rotos, ojos fuera de sus órbitas, pechos hundidos, también sucedía que algunas personas murieran asfixiadas o pisoteadas…pero no en cada encuentro, ni cada año. Había cosas peores, a pesar de los decretos, renovados sin cesar, amenazando con las galeras o con las mazmorras para los delincuentes, los partidarios lanzaban piedras o tejas sobre el equipo contrario, y las crónicas mencionan muertes por esta causa…incluso se prohibieron encuentros por el Gran Consejo, como castigo a los accidentes ocurridos en el encuentro precedente (algunos años en los que hubo prohibición, lo que muestra la dificultad en controlar a los partidarios: 1452, 1454, 1457, 1510, 1541….).
  Aunque en un principio los padrinos se aseguraban de supervisar las armas elegidas, sucedía que en las melés algunos cobardes utilizaban puñales o estiletes… Cada equipo tenía entonces su “puesto de socorro” en el que se curaba a los heridos, se ponía en forma a los combatientes, que partían de nuevo al asalto: ¡ las melés duraban horas !  Y, sin duda, debía ser difícil supervisar el buen comportamiento de cada combatiente.
  El objetivo de la melé era el echar fuera totalmente a todo el equipo adverso utilizando todos los medios posibles, y llevar a la “piazzola” del puente las banderas de su equipo. En los combates individuales, que precedían la melé general, se trataba de que los campeones mostraran su destreza y su fuerza, dejando fuera de combate al rival o de enviarlo al canal, aunque lo más apreciado del público era la melé.
  En la “guerra de palos” se combatía con palos, escudos, corazas y cascos; parece ser que a partir del siglo XV (a partir de esa fecha tenemos numerosos grabados y cuadros sobre este tema) se comenzaron a utilizar cañas de bambú o bastones más ligeros, igualmente llamadas “cannes”, reduciendo las protecciones. Pero también vemos la práctica malvada, ilícita (?), de sacar punta a los palos, en las dos extremidades, de forma que pudieran utilizarse más eficazmente en estocadas; incluso se dice que se endurecían las puntas utilizando fuego o aceite hirviendo (?); hubo decretos que prohibían estas prácticas que causaron muertos y graves accidentes, pero parece que quedaron en papel mojado si juzgamos el último encuentro de 1574 que acabará prohibiendo los combates con armas.

Figura 3
  En el siglo XVI muchos combatientes no tenían como protección más que una sábana enrollada alrededor del brazo izquierdo. Esta equitación nos hace recordar los juegos de los egipcios 4000 años antes. La última “guerra con palos” está fechada el 26 de julio de 1574: fue esta precisamente la que tuvo lugar en presencia del Rey de Francia, Enrique III. Entre todos los festejos previstos para honrar al ilustre invitado de la República, estaba previsto el espectáculo de una “guerra”. El Gran Consejo, queriendo evitar los inconvenientes “errores”, había recomendado particularmente a los jefes de los Castellani y de los Nicolotti el vigilar que se respetaran las reglas, sobretodo en materia de palos puntiagudos; e incluso con la población con el fin de que se moderase el exceso de entusiasmo en lo que a lanzamiento de proyectiles se refiere. A pesar de las amenazas de “galeras y multas”, no hubo manera de evitar asistiendo a una de las más encarnizadas “frotta” (melé) que recordaban los venecianos; la melé duró más de 3 horas, los equipos estaban compuestos por 200 combatientes, según unos, 300 según otros. En esta batalla un combatiente  se cubrió particularmente de gloria; un tal Luca Pescator (Lucas, el pescador), del campo de los Nicolotti. Hubo una decena de muertos entre los combatientes y el público y una gran cantidad de heridos que se llevaron al convento de las Carmelitas, que era el campo de unos; o a las dependencias del Palacio de Foscarini, que era el campo de los otros. Enrique III, que asistió a la batalla desde el balcón del Palacio Foscarini, expresó su desaprobación  diciendo que: “Si se trataba de una guerra, había pocos muertos; pero para un juego era verdaderamente algo de una extrema crueldad”. Entonces, el Gran Consejo decidió prohibir los combates con armas, otras que no fuesen las naturales; las “guerras de puños”, aunque degeneraban en combates de Pancracio, habían creado menos problemas en el pasado…pero no sucederá lo mismo cuando se convertirán en el único medio de afrontamiento entre Castellani y Nicolotti.


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