Artículo publicado en la
revista Karate Bushido, Enero 1991
Autor: Sylvain Salvini
Traducción: César Gómez
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| Figura 1 |
Si no conocemos muchos detalles sobre el
entrenamiento de los combatientes, así como sobre las peripecias de los combates
con palos y puños antes de los últimos siglos de la
Edad Media , es por culpa de la rareza de
los escritos “civiles” y el poco interés que tenían en estos temas los clérigos
(ellos tenían la pluma) sobre estas actividades consideradas segundarias. Que
veamos como origen de estos “juegos” una continuación del entrenamiento de las
antiguas legiones es, me parece a mi, más que probable; incluso, el hecho de
que se hayan mantenido en el pueblo veneciano hasta casi el fin de la República , es sin duda
alguna a causa del sentimiento de libertad que animaba a estos ciudadanos. En
los otros Estados, antes del fin de la Edad
Media , vemos a un ejército cada vez más compuesto de soldados
mercenarios, de “condotte” (con los riesgos que esto conlleva), quitándo así
al pueblo la preocupación de la defensa, pero llevando sin duda al pueblo a un
desinterés por las actividades o “juegos” con carácter guerrero (para
desesperación de Maquiavelo…); lo que explicaría que estas practicas hayan
subsistido y florecido únicamente en Venecia.
Con toda certeza es a partir de estos
afrontamientos populares que hay que ver el nacimiento (paralelamente a estas
actividades) de los “torneos” de caballeros, hacia el siglo X, en el momento en
el que los “miles” (los militares, los caballeros) se distinguían del pueblo
para acercarse a la “nobleza”. La vulgarización de los “duelos”, o de las
“melés”, con palos y escudos, y también sobre lo que decíamos anteriormente
sobre el duelo de los Lombardos.
Voltaire, con su inmensa erudición, probablemente
se había dado cuenta de esto cuando escribía esto, en “les moeurs”, en el
capítulo de los torneos:
“…Los juegos guerreros
comenzaron a nacer en Italia durante los tiempos de Teodoro, que abolió los
juegos de gladiadores en el siglo V, no prohibiéndolos con un edicto, sino
reprochando a los romanos estas costumbres bárbaras, con el fin de que
aprendieran de un Goth la humanidad y la amabilidad. Enseguida surgieron en
Italia y sobretodo en el reino de Lombardia, los juegos militares, pequeños combates
a los que se llamaba “bataillole”, cuyo uso aún se conserva en las ciudades de
Venecia y Pisa. Rápidamente pasó a las otras naciones…”
Precisemos que en este texto, los “romanos”
eran todas las personas del Imperio romano, no germánicos, es decir: los
italianos, griegos, hispánicos, etc… o “magrebíes” ! Que quede claro ! Cuando
Voltaire hablaba de Pisa, pensaba en el “juego del puente” que se celebraba
anualmente y que, originalmente del siglo XII, eran una especie de torneos
populares sobre una plaza de la ciudad, pero que se habían trasladado desde la
Edad Media sobre el puente que cruzaba el
Arno. Consistía en que dos equipos se
batieran para empujar un carro desde un lado al otro del río, es decir, en el
campo de una u otra facción…Este juego era un poco diferente de los combates
venecianos, que eran parecidos y puede que tan frecuentes como nuestros
combates de boxeo. El “juego del puente” de Pisa continua actualmente, es una
actividad folclórica que se celebra en el mes de junio.
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| Figura 2 |
Las guerras de puños y palos de Venecia,
dicen la mayor parte de historiadores, se celebraban desde septiembre hasta
Navidad, de hecho no era cierto más que durante el siglo XVII y principios del
XVIII en referencia a las “guerras de puños” (a pesar de que durante ese mismo
periodo hubo encuentros fuera de esos meses, por ejemplo el del 26 de febrero
de 1687 (fig.3) sobre el que se compuso una canción a la gloria de los
Nicolotti, vencedores ese día), ya que si nos fijamos bien en la crónicas que
registran esos célebres encuentros, por la calidad de los asistentes o por los
accidentes mortales que se produjeron en esas ocasiones, nos damos cuenta de
que hubo, en siglos precedentes, en cualquier momento del año. Incluso en lo
que concierne a los puentes utilizados, los hubo ocasionales, y alrededor de
cinco o seis habituales cuyos nombres aparecen a menudo en los textos. Varios
de ellos, debido a la frecuencia de los combates, fueron apodados “puente de la
guerra” o “puente de los puños”; solamente dos conservaron esas denominaciones:
el puente de Santa Fosca o “Ponte della Guerra” y el puente de San Barnabá o
“Ponte dei Pugni”. Este último fue, de lejos, el más célebre porque se utilizó
sin discontinuidad durante siglos (fig.1, grabado del siglo XVII: “Melé con los
puños sobre el puente de San Barnabá”). Sobre este puente de piedra (ahora
provisto de barandillas), cuya superficie superior forma un cuadrado de un poco
menos de 4m de lado, aún pueden verse en los cuatro ángulos, encastrada en la
calzada, una “huella” en mármol sobre la que el combatiente colocaba su pie
adelantado, esperando la señal de inicio del combate (esto para los combates
individuales y también por parejas, ya que los hubo en algunas ocasiones como
en los combates de “Catch” actuales…pero sin “acuerdos previos”). La superficie
de la que disponían los combatientes era suficiente (alrededor de 15 m2 ) y curiosamente
semejante a la acordada en Japón a los Sumotori: por supuesto, no es más que
una coincidencia.
En cuanto a las “guerras con palos”, igual que
para aquellas sin armas, los desafíos se hacían ceremonialmente igual que en
los torneos. Se ponían de acuerdo sobre la elección de los “paregni” (los
padrinos) que eran el equivalente de los jueces de armas en los torneos. Los
padrinos se ponían de acuerdo sobre la fecha, la elección del puente, el
respeto de algunas convenciones simples respecto a las armas. Se aseguraban de
que el caudal de agua bajo el puente era suficiente para amortiguar las caídas;
y en ocasiones hacían dragar el canal por ambos lados del puente.
El día del combate, los equipos llegaban con
banderas e insignias a la cabeza al sonido de tambores y flautas. Durante todo
el tiempo del combate (que duraba todo el día) la música se tocaba junto a las
aclamaciones de los animadores y del público, para animar así a los
combatientes. La gente se apiñaba sobre los muelles, ocupaba todas las ventanas
(bajo pago) de las casas vecinas y cubría igualmente los tejados; incluso el
canal, todo lo lejos que llegaba la vista, estaba cubierto de góndolas, unas
junto a otras, llenas de espectadores (fig.2, grabado de G. Franco del siglo
XVI). Cuando las góndolas estaban demasiado cerca del puente, algunas personas
que caían, se quedaban debajo y se ahogaban antes de ser repescadas; de vez en
cuando esto se menciona en los escritos. En cuanto a la gente y a los
combatientes, la excitación por estos encuentros era tan grande que aparte de
las lesiones; brazos o piernas rotos, ojos fuera de sus órbitas, pechos
hundidos, también sucedía que algunas personas murieran asfixiadas o
pisoteadas…pero no en cada encuentro, ni cada año. Había cosas peores, a pesar
de los decretos, renovados sin cesar, amenazando con las galeras o con las
mazmorras para los delincuentes, los partidarios lanzaban piedras o tejas sobre
el equipo contrario, y las crónicas mencionan muertes por esta causa…incluso se
prohibieron encuentros por el Gran Consejo, como castigo a los accidentes
ocurridos en el encuentro precedente (algunos años en los que hubo prohibición,
lo que muestra la dificultad en controlar a los partidarios: 1452, 1454, 1457,
1510, 1541….).
Aunque en un principio los padrinos se
aseguraban de supervisar las armas elegidas, sucedía que en las melés algunos
cobardes utilizaban puñales o estiletes… Cada equipo tenía entonces su “puesto
de socorro” en el que se curaba a los heridos, se ponía en forma a los
combatientes, que partían de nuevo al asalto: ¡ las melés duraban horas ! Y, sin duda, debía ser difícil supervisar el
buen comportamiento de cada combatiente.
El objetivo de la melé era el echar fuera
totalmente a todo el equipo adverso utilizando todos los medios posibles, y
llevar a la “piazzola” del puente las banderas de su equipo. En los combates
individuales, que precedían la melé general, se trataba de que los campeones
mostraran su destreza y su fuerza, dejando fuera de combate al rival o de
enviarlo al canal, aunque lo más apreciado del público era la melé.
En la “guerra de palos” se combatía con
palos, escudos, corazas y cascos; parece ser que a partir del siglo XV (a
partir de esa fecha tenemos numerosos grabados y cuadros sobre este tema) se
comenzaron a utilizar cañas de bambú o bastones más ligeros, igualmente
llamadas “cannes”, reduciendo las protecciones. Pero también vemos la práctica
malvada, ilícita (?), de sacar punta a los palos, en las dos extremidades, de
forma que pudieran utilizarse más eficazmente en estocadas; incluso se dice que
se endurecían las puntas utilizando fuego o aceite hirviendo (?); hubo decretos
que prohibían estas prácticas que causaron muertos y graves accidentes, pero
parece que quedaron en papel mojado si juzgamos el último encuentro de 1574 que
acabará prohibiendo los combates con armas.
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| Figura 3 |
En el siglo XVI muchos combatientes no tenían
como protección más que una sábana enrollada alrededor del brazo izquierdo.
Esta equitación nos hace recordar los juegos de los egipcios 4000 años antes.
La última “guerra con palos” está fechada el 26 de julio de 1574: fue esta
precisamente la que tuvo lugar en presencia del Rey de Francia, Enrique III.
Entre todos los festejos previstos para honrar al ilustre invitado de la República , estaba
previsto el espectáculo de una “guerra”. El Gran Consejo, queriendo evitar los
inconvenientes “errores”, había recomendado particularmente a los jefes de los
Castellani y de los Nicolotti el vigilar que se respetaran las reglas,
sobretodo en materia de palos puntiagudos; e incluso con la población con el
fin de que se moderase el exceso de entusiasmo en lo que a lanzamiento de
proyectiles se refiere. A pesar de las amenazas de “galeras y multas”, no hubo
manera de evitar asistiendo a una de las más encarnizadas “frotta” (melé) que
recordaban los venecianos; la melé duró más de 3 horas, los equipos estaban
compuestos por 200 combatientes, según unos, 300 según otros. En esta batalla
un combatiente se cubrió particularmente
de gloria; un tal Luca Pescator (Lucas, el pescador), del campo de los
Nicolotti. Hubo una decena de muertos entre los combatientes y el público y una
gran cantidad de heridos que se llevaron al convento de las Carmelitas, que era
el campo de unos; o a las dependencias del Palacio de Foscarini, que era el
campo de los otros. Enrique III, que asistió a la batalla desde el balcón del
Palacio Foscarini, expresó su desaprobación
diciendo que: “Si se trataba de una guerra, había pocos muertos; pero
para un juego era verdaderamente algo de una extrema crueldad”. Entonces, el
Gran Consejo decidió prohibir los combates con armas, otras que no fuesen las
naturales; las “guerras de puños”, aunque degeneraban en combates de Pancracio,
habían creado menos problemas en el pasado…pero no sucederá lo mismo cuando se
convertirán en el único medio de afrontamiento entre Castellani y Nicolotti.



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